En los últimos días, cobró mucha relevancia una acción llevada a cabo por el presidente de La Libertad Avanza en la Provincia de Buenos Aires, Sebastián Pareja, la cual terminó desatando una feroz disputa en uno de los campos donde más se evidencia la acción partidaria del sector libertario: las redes sociales.
Desde hace un tiempo, los militantes digitales libertarios vienen siendo críticos de numerosos nombramientos dentro del partido. Cuestionan tanto el pasado de diversos dirigentes y coordinadores seccionales (como el controversial ex-peronista Ramón ‘el nene’ Vera o el ex-radical Maximiliano Bondarenko) así como las acciones hostiles contra quienes se manifiestan críticos hacia su gestión. Esto último fue lo que detonó la interna: Sebastián Pareja inició denuncias contra varios militantes que, en redes sociales, manifestaban su disconformidad con los integrantes que el coordinador provincial incorporó a la estructura partidaria bonaerense.
La respuesta de los militantes no solo se dirigió hacia el propio Pareja, sino que también llegó a miembros de la cúpula del gobierno como Lilia Lemoine y además salpicó la imagen de Karina y Javier Milei, la cual ya se encontraba desgastada tras episodios como el “Adornigate”, llevando la imagen del presidente a mínimos históricos. Las principales críticas hacia Javier Milei se centran en su inacción sobre el ámbito político del Gobierno, campo que él mismo aclara repetidamente que está delegado en su hermana, Karina Milei. Es ella quien sostiene a figuras como Sebastián Pareja o Eduardo “Lule” Menem, nombres fuertemente resistidos por la militancia digital del espacio.
Imagen neta de Javier Milei. Fuente: Opina Argentina
Esta tensión ilustra lo que el politólogo Angelo Panebianco (1990) describe como el conflicto intrínseco en la institucionalización de los partidos políticos. Según Panebianco, existe una pugna constante entre los “creyentes” (militantes que priorizan la identidad y la pureza ideológica) y los “carreristas” o profesionales de la política, que priorizan el control territorial y la expansión del aparato. En este caso, el uso de denuncias legales para disciplinar a la base digital marca un punto de quiebre: la estructura formal del partido intenta imponerse sobre la red horizontal que lo llevó al poder, transformando lo que nació como un movimiento de indignación en una organización política tradicional con jerarquías y límites a la disidencia interna.
La pérdida de cohesión con esta base militante implica una fisura estratégica para el proyecto oficialista. Para un gobierno que mantiene una confrontación constante con los medios de comunicación, un conflicto con su militancia digital debilita la capacidad de respuesta ante la agenda de los medios tradicionales, dado que este sector funciona como su principal escudo defensivo y como su único canal directo de comunicación con la sociedad. Como señala Paolo Gerbaudo (2019), en los “partidos digitales” el hiper-liderazgo depende de un vínculo directo con la base, si la gestión del territorio, encabezada por figuras como Sebastián Pareja, intenta disciplinar esa red mediante una estructura burocrática clásica, se produce un cortocircuito que drena la energía del movimiento.
A modo de conclusión: Si el Ejecutivo, en su afán de institucionalizarse, decide otorgar un protagonismo excesivo a figuras como Sebastián Pareja, corre el riesgo de quedar en una situación de orfandad política: desprovisto del despliegue territorial de los punteros tradicionales y, simultáneamente, vacío de la mística que aportan sus seguidores originales. Como señala el autor Angelo Panebianco (1990), cuando una organización prioriza los incentivos de poder de los políticos de carrera por sobre la identidad de los creyentes, el partido pierde su capacidad de movilización y se vuelve extremadamente vulnerable ante las crisis que tenga que afrontar en un futuro.