El ajedrez de CABA: la sanción del Rigi y la ampliación presupuestaria.

Desde la llegada de Javier Milei al gobierno, este ha tenido que lidiar con la ausencia de fuerzas provinciales que lo apoyaran de manera directa al no contar con gobernadores de su propio partido. Por lo tanto, ha debido recurrir a constantes negociaciones a lo largo de su mandato para sacar adelante sus reformas y consolidar los apoyos necesarios de cara a las elecciones de medio término. 

 

El 14 de mayo de 2026, la Legislatura porteña marcó un hito en la dinámica parlamentaria local al aprobar la adhesión al RIGI, impulsada por un acuerdo estratégico entre el PRO y La Libertad Avanza (LLA). Sin embargo, la jornada expuso las tensiones subyacentes en esta coalición: durante el tratamiento de la ampliación del presupuesto del Gobierno de la Ciudad, el bloque libertario optó por una abstención táctica. Esta decisión, que permitió la sanción de la norma gracias a la mayoría oficialista, evidencia un esquema de cooperación selectiva donde LLA busca mantener su identidad opositora en materia fiscal mientras consolida su alianza programática en áreas clave de inversión. 

 

La abstención de los libertarios en el presupuesto deja claro que esto es una danza de actores de veto, tal como lo plantea Tsebelis (2002). En la Legislatura, si los bloques no se ponen de acuerdo, la máquina se frena: nadie saca nada. La abstención de LLA es un mensaje clarísimo: dejarle pasar la ampliación al PRO para que la gestión no se le incendie y así garantizar su gobernabilidad, pero no darles el voto afirmativo porque sería una mancha en el largo plazo. Es el típico equilibrio donde, si la distancia ideológica entre ellos se hace muy grande, la Legislatura entra en modo “parálisis controlada”. Se cuidan de no romper todo, pero cada uno marca el territorio para que el otro no se crea el dueño de la agenda. 

 

La formación de esta alianza no está libre de fricciones, las cuales pueden explicarse a través de la teoría de las coaliciones de Riker (1962). En un escenario donde el objetivo es maximizar la influencia legislativa, la formación de un acuerdo entre LLA y el PRO se comporta como una “coalición mínima ganadora”, donde ambas partes intentan restringir el número de integrantes al mínimo indispensable para asegurar la sanción de leyes como el RIGI que fue aprobado con la suma de 32 votos a favor contra 27 en contra. Esta lógica responde a la necesidad de no diluir los beneficios del poder, tanto en términos de control presupuestario como de rédito político, ya que al sumar más actores a la negociación terminaría aumentando innecesariamente los costos de esta. 

 

Para entender este equilibrio, hay que mirar el tablero de ajedrez porteño bajo la lógica de los “juegos de dos niveles” de Putnam (1988). LLA no solo negocia en el recinto, está jugando dos partidos simultáneos: uno interno, donde necesita los votos del PRO para sacar leyes como el RIGI, y otro externo, donde debe mantener su pureza ante un electorado nacional que penaliza cualquier rastro de la “casta” a la que votaron para barrer. La abstención táctica es, justamente, el resultado de esta doble presión: es el movimiento necesario para que el sistema no colapse a nivel local, pero sin sacrificar el capital político necesario para la pelea grande en la arena nacional. Es, en esencia, la forma en que el partido gestiona su propia supervivencia mientras transita el peligroso camino de ser oposición local y oficialismo nacional al mismo tiempo. 

 

La postura de los libertarios en la Legislatura porteña se entiende mejor con la “estrategia de conflicto” de Schelling (1960). En este juego, tener los votos no es todo; lo que realmente importa es quién se anima a tensar más la cuerda para que el otro no tenga más remedio que ceder. El poder de negociación no se mide solo por los votos que uno tiene, sino por la capacidad de realizar compromisos que fuercen al oponente a ajustar su conducta. En este ajedrez, la abstención funciona como una táctica de compromiso: LLA le comunica al PRO que su apoyo no es incondicional, sino que está sujeto a que se respeten ciertas líneas rojas programáticas. Al abstenerse en el presupuesto, los libertarios están realizando una movida deliberadamente costosa; el costo de esa abstención es el riesgo de que la ley no salga, pero el beneficio es la demostración de que son capaces de “dejar que la máquina se frene”. Esta señal es vital porque transforma un juego de negociación cooperativa en uno donde la parte que demuestra mayor voluntad de asumir riesgos (el que está dispuesto a dejar caer la ley) es quien termina dictando los términos de la negociación. 

 

En conclusión, el ajedrez legislativo porteño nos demuestra que la política no es solo la suma de votos, sino un equilibrio complejo entre instituciones y estrategias. Como nos enseñan Tsebelis (2002) y Riker (1962), la Legislatura funciona como un escenario donde los “actores de veto” y la lógica de las “coaliciones mínimas” imponen límites estrictos a lo que es posible pactar sin diluir el poder. Sin embargo, detrás de esa estructura rígida, opera una dinámica de “estrategia del conflicto” al estilo de Schelling (1960), donde cada abstención o voto es una señal deliberada para marcar territorio. Todo esto ocurre bajo la presión de un “juego de dos niveles” descrito por Putnam (1988), que obliga a los actores a equilibrar sus necesidades locales con las expectativas de una tribuna nacional que no perdona ambigüedades. En definitiva, esta alianza entre LLA y el PRO es un matrimonio por conveniencia que sobrevive no por afinidad, sino por un cálculo racional constante: el delicado arte de mantener la gobernabilidad sin dejar de ser quienes son en el intento 

Por Franco Clarens. 

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