La categoría de la juventud como sujeto político-social universal se asentó durante la segunda mitad de los años sesenta. El Mayo Francés y el Cordobazo argentino son algunos de los eventos donde los jóvenes tomaron un protagonismo social preponderante. La historiadora Valeria Manzano argumenta, en su libro La era de la juventud en Argentina (2017), que la juventud como actor sociocultural fue una construcción de la posguerra y que nuestro país no fue una mera caja de resonancia de un fenómeno lejano, sino que la dinámica adquirió aquí sus propias características y modos de participación política, cultural y social. Ahora, los modos en que los jóvenes se involucran políticamente han cambiado significativamente desde entonces.
La pregunta que cabe hacerse no es si los jóvenes participan, sino cómo y en qué condiciones lo hacen. Autores como Pablo Vommaro (2015), uno de los referentes de los estudios sobre juventud y política en la América Latina, sostiene que la participación política no desapareció, sino que se transformó: menos atada a organizaciones de socios, como sindicatos o partidos clásicos, y más a cuestiones culturales o a luchas sociales específicas. Estas modificaciones en la politicidad de los jóvenes estarían ancladas en la creciente digitalización de la vida social y las actividades en las redes sociales.
Comprender de esta forma a la politización juvenil se aleja de una noción que se ha vuelto preponderante en el sentido común: los jóvenes son apáticos y están desinteresados en la política. En este artículo vamos a presentar los resultados de la Encuesta Nacional sobre Relaciones Sociales (ENRS-PISAC, 2019-2020), de donde surgió el libro Una sociología de la vida en común de Gabriel Kessler y Juan Ignacio Piovani, enfocándonos particularmente en las preguntas sobre participación política y jóvenes, para ponerle números a ese mito e intentar analizar los procesos de identificación política actuales.
Empecemos por el dato más general: un 31,4% de los jóvenes de 18 a 29 años realizó alguna acción política en los últimos 12 meses, siendo la segunda cohorte más activa, superada únicamente por la de 30 a 44 años (35,7%). Cabe aclarar que la encuesta mide la acción política desde la participación en huelgas y movilizaciones hasta la firma de una petición o un reclamo laboral. Podemos acusar que los números generales son bajos, pero este no es un problema exclusivo de los jóvenes sino general. Este primer dato desmiente, al menos parcialmente, la imagen de una generación especialmente desmovilizada.

Indaguemos más sobre los números, porque más allá de la participación en términos brutos, vale observar los modos en que los jóvenes construyen su identificación política. Son la cohorte que más se identifica con grupos de género (45%) y comunidades de gustos y hobbies (47,7%), por encima de cualquier otra franja etaria. Esto habla de una politicidad que se ancla en lo cultural y lo identitario antes que en lo institucional, un razonamiento que no es nuevo en la literatura académica. Maristella Svampa (2000) la documentó tempranamente al estudiar la erosión de la identidad laboral en los trabajadores metalúrgicos de los años noventa: cuando el trabajo dejó de estructurar la subjetividad obrera, las identidades se “astillaron” en múltiples pertenencias más fluidas y culturales. Algo análogo parece ocurrir hoy con los jóvenes.
Este argumento se refuerza al observar los números de participación en organizaciones y asociaciones con socios. La cohorte más joven es la que menos se adscribe a este tipo de estructuras, y esa proporción crece sostenidamente con la edad. Los sindicatos y las asociaciones tradicionales tienen, claramente, cada vez menos incidencia en la politización juvenil. Pero aquí aparece la paradoja más interesante de los datos: consultados sobre pertenencia a partido político, los jóvenes resultan ser la cohorte con mayor identificación (25,6%). El dato desmiente de forma directa la idea de que a la juventud no le interesa la política partidaria ni sus estructuras, y obliga a matizar cualquier diagnóstico apresurado sobre su supuesto desinterés.

Entonces, los jóvenes todavía participan políticamente, se involucran con los partidos y se identifican con grupos culturales y sociales. La tentación analítica es explicar todo esto como un fenómeno puramente digital, una generación que hace política a través de redes sociales y comunidades virtuales. Los datos, nuevamente, complican esa lectura. Si bien los jóvenes se informan y se comunican principalmente por redes sociales, más de dos tercios de quienes participan políticamente lo hacen de forma presencial. Estos jóvenes combinan la participación digital con la presencial, a su vez que se informan y convocan por redes, esa combinación es precisamente lo que define su modo particular de hacer política.


Esta encuesta, cabe aclarar, remite a los años de la pandemia, y ese contexto importa. La pandemia no fue solo una crisis sanitaria sino un catalizador de transformaciones políticas profundas, especialmente entre los jóvenes. El sociólogo y antropólogo Pablo Semán viene documentando desde entonces cómo una franja significativa de la juventud atravesó un proceso de reconfiguración ideológica atada al aislamiento, el distanciamiento con el Estado y la digitalidad. Ese clima fue, según Semán, uno de los puntos que hizo posible el ascenso de La Libertad Avanza. En su libro Está entre nosotros (2023) distingue dos tipos de adherentes jóvenes al espacio libertario: los doctrinarios, con una formación ideológica deliberada en torno al liberalismo, y los que llegaron al partido a través de las redes sociales, atraídos por un lenguaje disruptivo que circulaba en TikTok, YouTube y Twitter antes de que LLA tuviese estructura partidaria relevante. Esta segunda vía es la que mejor ilustra cómo la combinación de participación digital y presencial que mostraba la ENRS se tradujo en el ciclo electoral de 2023, es también la más propensa a desencantarse con el gobierno.
Según la encuesta Atlas Intel, de cara a la victoria de LLA en noviembre de 2023 el 69% de los jóvenes menores de 24 años y 54% de entre 25 y 34 apoyaban al candidato libertario. El número más alto para cualquier cohorte etaria. Si miramos la aprobación del gobierno en estas mismas encuestas nos encontramos con una caída abrumadora a lo largo de los últimos dos años. Actualmente solo un 44% de los jóvenes menores de 24 años y el 30% de entre 25 y 34 aprueban al presidente. Números que representan un desplome de alrededor de 25 puntos porcentuales.
Esto presenta una vacancia real en la representación juvenil de cara al ciclo de elecciones del 2027. Aunque el desencanto con el gobierno no se traducirá automáticamente en adhesión opositora. Hablarle a esa generación exige, antes que cualquier táctica digital, una decisión política más elemental: tomar en serio la participación política juvenil. Los datos de este artículo muestran que los jóvenes accionan, se informan, se movilizan y se identifican con partidos. Lo que tendrán que hacer las propuestas electorales es nutrirse de esa fuerza, comprender los modos de captar esos votos y movilizar a este grupo social sin infantilizar ni subestimarlo.